Colina negra de Sebastian de Zaldua

Colina negra

Aquel que habitaba en la oscuridad, llevó a ese mundo a través de las puertas de la percepción. A poco de recorrer, se dio cuenta de que estaba en el lugar correcto.

Su instinto lo llevó hasta las inmediaciones de una ruina, ubicada al sur de su lugar de llegada. Supo que eso en algún momento fue una construcción humana, pero ahora era solo un recuerdo de aquello que fue.

Un lobo apareció cerca, olfateando el aire para determinarlo si enemigo o amigo. Aquel que habitaba la oscuridad miró al animal, pero no sintió amenaza alguna. Se arrodilló y estiró la mano, invitándolo. El animal se acercó dudando, algo parecía hacerle desconfiar. Rengueaba un poco al moverse. Tenía una línea sin pelo alrededor de una de sus patas.

― ¿Tuviste una pelea? ―preguntó, transmitiendo toda la paz que podía.

El animal le lamió la mano y al fin entró en confianza. Aquel que habitaba la oscuridad aprovechó para acariciarle la cabeza, mientras el lobo le lamía la cara. Sacó un pedazo de carne seca que traía en su bolso de viaje, dándosela a su nuevo amigo.

Apoyó su cabeza en la del animal, dándose un respiro mutuamente. Sabía que ese lobo estaba allí merodeando porque la nueva muerte apareció en ese punto. La destrucción del edificio y la particularidad macabra en el aire le daban la pauta de que no hace mucho del arribo de su gran presa.

Partieron juntos. Lobo se marchó de ese lugar acompañando a aquel humano, porque su orgullo le llevaba a querer arreglar cuentas en con la nueva muerte en nombre de una manada que ya no existía.

Aquel que habitaba en la oscuridad recorrió los parajes de ese mundo junto a su nuevo amigo. A través de bosques derruidos y ciudades muertas. Atravesando campamentos y dejando atrás pequeños pueblos sin vida. Siempre recolectando información sobre su objetivo, algo que no resultaba difícil dada la naturaleza de su presa. En un par de ocasiones tuvo que enfrentarse con algunos esbirros de la nueva muerte, liquidándolos antes de que pudieran escapar para avisarle a su amo que él estaba allí.

Finalmente, luego de muchos días de búsqueda, llegó a un lugar que mucha gente mencionaba: Colina Negra.

Sobre un cerro hecho por los poderes de la nueva muerte, se levantaba una pequeña fortaleza. Los guardias iban y venían, todos posicionados de manera que tuviera a la vista a todo aquel que quisiera acercarse.

No se salieron de las inmediaciones del bosque, el claro que rodeaba a la pequeña fortaleza, no le daba ningún tipo de cobertura y sería presa fácil de los guardias.

Esperaron la caída de la noche y gracias a Lobo, se infiltraron en la pequeña fortaleza por un hueco que estaba sin guardias. Aquel que habita la oscuridad, sacó su revólver y su espada corta, preparándose para cualquier enfrentamiento.

Recorrieron los pasillos, encontrándolos vacíos. Así, salteando entre sombras, llegó hasta que parecía ser una sala del trono. Odio a la nueva muerte por sus aires de realeza, algo que solo trajo muerte y destrucción en su mundo.

Se acercó al trono, un asiento de grandes proporciones hechos con huesos humanos de toda clase. Ya había visto ese espectáculo en otras ocasiones, pero siempre le revolvía el estómago tenerlo enfrente. Siempre usaba el mismo modelo de trono, la misma materia prima.

Lobo empezó a gruñir, mirando en todas direcciones.

Una marea de soldados apareció, rodeándolos. Miró en todas direcciones, tratando de ver una salida. Pero el único escape era la muerte luego de luchar en vano contra todos esos guardias. Le hizo señas a lobo para que se calmara. Los querían vivos, lo que daba la posibilidad de planificar algo más.

― En nombre de la Nueva Muerte ―dijo uno de los guardias, ataviado con una armadura roja― Usted queda arrestado. Por favor deje sus armas y sométase con tranquilidad.

Aquel que habitaba la oscuridad, entregó todas sus armas a los guardias que se acercaron. Entendió que Lobo seguía dando muestras de enojo, pero quedaba claro que no intentaría pelear. Era consciente de que sería una muerte gloriosa pero poco útil.

Le ataron las manos, poniéndole un bozal a Lobo que los miraba, jurándoles con sus ojos que volverían a encontrarse.

Comenzaron a caminar, saliendo de la fortaleza en dirección al destino que, según le aseguró el jefe de guardia, le deparaba a todo aquel enemigo importante del gobernante de esas tierras, un lugar del cual no había posibilidad de escape: La Isla Silenciosa.

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