Un instante del verano de Sebastian de Zaldua

Un instante del verano

Según el servicio meteorológico, la temperatura llegaba ya a los 50 grados y la humedad estaba perdida en acción. Por lo que la sequedad en el aire invitaba a sumergirse en algún líquido y no salir hasta ahogarse o el final del verano, lo que pasara primero.

Con ese clima en sus hombros, Leonardo pasó toda la tarde de sábado sentado en su patio. La sombra de los dos árboles le parecían refrescantes, sobre todo porque la casa era un sauna insoportable. Solo a él se le ocurría hacer pizza durante uno de los mediodías más calurosos en la historia de la ciudad.

Ya eran casi las seis de la tarde y el interior de la casa no pretendía bajar la temperatura. Él confiaba que durante la noche eso mejoraría; en la semana, luego del anochecer, el vivir se volvía un poco más soportable.

Apenas vestido con una bermuda, tomaba trago tras trago de cerveza. Agradecía no tener que ir a trabajar a la escuela, con su sobrepeso y andando en bicicleta estaba seguro que terminaría infartado uno de esos días.

Y aunque fuera en auto, pensó, las aulas de la escuela son mini hornos ya en noviembre.

Por lo menos la nariz ya no le sangraba a borbotones, como le pasaba durante su infancia. Algo que parecía haberse solucionado durante su adolescencia de alguna forma que no sabía. Lo que si mantenía desde la infancia, era esa sensibilidad extrema a los calores, algo a lo que nunca pudo acostumbrarse a pesar de los años en Villa Mercedes y sus veranos cada vez más intensos.

La cerveza se le acabó un par de tragos después, sintiendo el antojo de ir a buscar más si quedaba y agregarle un pedazo de pizza que tanto sufrió en hacer. Al ponerse de pie, sintió un ligero mareo. No le prestó atención porque pudo dominarlo a tiempo y fue hasta la cocina.

No quedaba cerveza, así que se sirvió un vaso de jugo de naranja con mucho hielo, sonriendo al pasar de una bebida alcohólica a algo tan infantil. Agarró el pedazo de pizza de la mesa y se detuvo antes de llegar a la puerta. Se dio cuenta de que no veía al perro desde hacía un par de horas, así que fue a la habitación a buscarlo, convencido de que lo encontraría acostado en la cama debajo del ventilador con la panza para arriba.

A ese perro le encanta esa pose, pensó, perro cochino

Como lo había imaginado, lo encontró en esa pose, jadeando por el intenso calor. Pero enseguida que el animal le devolvió la mirada salió corriendo y se metió en el estudio. Leonardo intentó retenerlo, aunque el animal fuera demasiado rápido para sus pobres reflejos.

Dio vuelta para ir a buscarlo, pensando que esa vez se salvó de la torpeza del can por muy poco. La mayoría de las veces que pasaba corriendo a su costado, le chocaba la pierna dejándole un fuerte dolor en la rodilla.

El perro estaba acurrucado en el minúsculo espacio que quedaba dejado del escritorio de la computadora. Ese era su refugio desde que era un cachorro cada vez que se asustaba o cuando le hacía compañía durante las largas horas de trabajo y planificaciones.

― Che, loco ―le llamó mientras extendía la mano ― ¿Qué te pasa que te escondés ahí?

Mientras lo hacía el perro comenzó a gruñir. Al estar a poco de tocarlo, le tiró un mordisco que casi le agarra un par de dedos. Leonardo logró sacarlos a tiempo, dando un salto hacia atrás del susto, gritándole toda clase de improperios.

Intentó acariciarlo de nuevo, con el mismo resultado.

Trató de calmarse para poder hablarle, tranquilizarlo. Algo le asustó, algo que lo llevó a esconderse en su refugio. Pero por más que Leonardo intentaba acercarse a él, no tenía más suerte que las primeras veces.

No le dio más importancia al asunto del perro, ya se le pasaría. Se convenció de que capaz estaba soñando y algo le afectó tanto que lo dejó asustado hasta después de despertado.

Vio que la noche ya daba sus primeros pasos, así que decidió ir la cocina para concretar su idea original, tomar y comer algo más. Seguro después se pondría a terminar algunas cosas del trabajo o saldría a dar una vuelta por el centro. Pero esta vez sentía la ansiedad de comer algo.

Al volver al patio, el pedazo de pizza y el vaso de jugo se le cayeron al piso al encontrarse con su cuerpo tirado frente a la silla en la que pasó la tarde sentado.

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