Los Úukum Soots y la puerta a otro mundo de Sebastián de Zaldua

Los Úukum Soots y la puerta a otro mundo

El grupo de exploradores hizo un alto en el camino. Llevaban muchas horas de marcha, luchando contra la humedad y los mosquitos de la selva amazónica.

Los informes que motivaron a la contratación del grupo por parte de la empresa “Biofuturo And Tecnology”, una empresa multinacional con sede en Buenos Aires, decían que luego de los grandes incendios de 2019, comenzaron a desaparición turistas y personas extrañas habían sido vistas en la zona. Además de encontrarse algunos objetos, cuyo análisis establecía una antigüedad imposible para verse tan bien conservados.

Roberto Ortiz, profesor de Antropología Física en la Universidad de Buenos Aires y cuatro veces doctor en tantas otras, fue contratado para liderar el grupo que se aventuraría en la profundidad del Amazonas. Su trabajo era adentrarse lo más posible y documentar todo lo que viera, por más que ya resultara conocido.

Él contaba con una información extra que no tenía el resto del mundo. Un reporte en el cual se adjuntaba una fotografía que mostraba en alta resolución, una gran muralla cubierta de una bruma celeste, en medio de un claro imposible para estar en el Amazonas. Solo compartió esa información con la segunda al mando de la exploración, la doctora Juana Strotz.

― ¿Faltará mucho para las coordenadas? ―preguntó la doctora mientras tomaba agua y trataba de ignorar los mosquitos.

― Según lo que tengo acá ―Ortiz no se apartaba del mapa que le entregaron, ni siquiera Strotz podía tenerlo― solo dos o tres horas de caminata y llegamos.

Aunque no lo creía factible, la Doctora asintió. Establecieron los turnos de descanso y luego de hablar con el encargado del grupo de nueve exploradores, Ortiz se la pasó estudiando el mapa y sus notas, sin intercambiar palabra con nadie.

Comenzó a pensar que podía tratarse de una excentricidad por parte del magnate que lo contrató semanas antes de la exploración. Aunque Ortiz preguntó más de una vez por qué estaba armando esa exploración, el tipo solo respondía con “Son negocios en potencia, bien pueden valer algo en un futuro las cosas que encuentre o podemos venderlas. Y si encuentra un lugar histórico, siempre se puede poner un hotel cerca”. El pago fue lo que terminó de convencerle. Nunca había visto un cheque con tantos ceros juntos.

Regresó al momento actual, deseando que eso no terminara en una situación estilo “Película de exploradores: todo sale mal Parte XXV”

Partieron a la hora pactada. Cuando ya creía que no encontraría nada, ante los ojos de Ortiz se abrió un amplio claro, libre de toda vegetación y que contenía solo hierba. Aunque resultó un alivio para ellos, continuaron camino, ya que les faltaba un último descubrimiento.

Luego de un par de horas de marcha más, comenzaron a ver lo que Ortiz tanto esperaba encontrarse: La inmensa muralla. Desde ese mismo momento, su mente comenzó a procesar todo lo que veía, tomando registro hasta del color del pasto. A poco de llegar, volvió a preguntarse cómo era posible que algo así existiera, algo tan inmenso sin ser descubierto por la humanidad hasta luego de los grandes incendios del Amazonas.

El grupo de exploradores se puso manos a la obra con los registros. Desplegaron toda una serie de cámaras, laboratorios portátiles, medidores de toda clase y largas tiendas de campañas llevadas para la ocasión. Largas horas pasaron mientras tomaban registro de aquella maravilla escondida. No fue sino hasta que la noche comenzó a caer que sucedió algo que puso en alerta a todo el grupo. Incluso a Ortiz que se mostraba tan profesional y serio.

De la parte central de la muralla, apareció una puerta por la cual un gigante podría pasar sin tener que agacharse. Los dos únicos armados del grupo se pusieron en guardia, pero Ortiz les hizo señas que se contuvieran mientras se acercaba a la gigantesca puerta. Para sorpresa de todos, de la misma apareció un grupo de personas. Eran de ojos almendrados, pómulos prominentes, cabeza alargada y nariz aguileña. Al principio Ortiz no entendía qué estaba viendo. Pero al escucharlos hablar una variación del ch’ol-tzeltal, se dio cuenta de quiénes eran: ¡Mayas!

Durante horas intentaron comunicarse, lográndolo apenas por los escasos conocimientos de Ortiz sobre el ch’ol-tzeltal en general y las señas que daban. Logró establecer que, de la comitiva de seis, el más grande era el líder del grupo. Y no era cualquier grupo, sino que eran cazadores. Llegando al amanecer, luego de compartir comidas y bebidas de ambos lados cumpliendo con todos los rituales de rigor, logró preguntar qué cazaban. El líder del grupo señaló al centro del campamento.

Ante los sorprendidos ojos de Ortiz y la doctora Sturtz, vieron cuatro figuras humanoides entre dos tiendas. Eran más altos que un ser humano promedio, con una boca gigantesca de la cual sobresalían colmillos. Ojos en blanco y nariz aplastada, con orejas grandes que terminaban en puntas y el cuerpo cubierto de marcas negras que Ortiz no sabía si eran manchas o pelo. Pero lo más impresionante eran los brazos que, a la altura de los codos, se convertían en dos alas, terminando de darles ese intimidante aspecto de murciélago antropomorfo.

Ortiz tuvo la sensación de haberlos visto en algún libro de mitología Maya, pero no fue sino hasta que el líder del grupo dijo “Úukum Soots” que recordó quiénes eran. Unos vampiros provenientes de la estirpe de Camazotz, el dios murciélago. Criaturas con gran gran resistencia al fuego e inmunidad a la luz solar, con la habilidad de volverse niebla y controlar murciélagos.

De un instante a otro, los Úukum Soots comenzaron a atacar al grupo de indefensos exploradores. Las dos únicas armas de fuego no parecían tener efecto. Entonces el grupo Maya atacó portando unas lanzas adornadas con plumas. La batalla fue cruenta y ambos bandos sufrieron bajas y heridos. Ortiz estaba paralizado ante aquel brutal espectáculo, uno que lo dejaba a él y a la doctora Sturtz como únicos sobrevivientes de aquel grupo.

La pelea se tornaba en favor del grupo de Mayas, que ya habían logrado matar a dos de los Úukum Soots. Una de las criaturas abandonó la pelea y se dirigió a la puerta, que se mantenía abierta a espaldas de Ortiz. Éste no supo qué hacer en el momento que la criatura lo agarró de los hombros, haciéndolo atravesar con ella la puerta.

Ortiz sintió que su cuerpo se desarmaba, volando en pedazos distribuidos por toda la existencia. Ante sus ojos desfilaron colores, sonidos, olores, sensaciones, de toda clase que embotaban sus cinco sentidos. Luego sintió el proceso inverso, volviéndose a armar y encontrándose cara a cara con la criatura que lo tiró al piso apenas pudo.

Creyó que allí terminaría todo, sin poder contar los hallazgos. Una lanza atravesó la cabeza del Úukum Soots, que se desplomó sobre Ortiz, casi aplastándolo con su cuerpo.

― ¿Estáis bien? ―escuchó decir mientras le sacaban a la criatura de encima.

Se volvió convencido de que se iba a encontrar cara a cara con la doctora Sturtz. Pero se encontró con una mujer de largo pelo negro entrecano, vestida de jeans, remera blanca y borcegos; todo con el aspecto de haber sido usado más allá de su vida útil y remendado con los parches que pudieran encontrar o fabricar.

La mujer pasó a su lado y tomó la lanza, arrancando la cabeza de la criatura en el proceso y exhibiéndola en el aire como un gran trofeo.

La mujer resultó ser Alicia López, una turista española casual que se perdió en la selva al no hacer caso a su guía, alejándose del grupo para sacar un par de fotos que le interesaron. Ortiz recordaba el caso, sucedido dos años antes cuando recién comenzaban los avistamientos.

La mujer acompañó a Ortiz, luego de que el grupo Maya regresara junto con la doctora Sturtz,, a una ciudad no muy lejos de allí, donde le aclaró que pasarían un tiempo hasta regresar a su mundo.

― ¿Nuestro mundo? ―dijo Ortiz

― Si ―contestó Alicia― ¿Todavía pensáis que este lugar no es otro mundo?

Durante ese día, Ortiz no encontró diferencias significativas, si se obviaba la presencia de una pujante ciudad Maya. Pero la revelación más clara vino para él durante la noche, cuando Sturtz le comentó una sospecha que tenía luego de varias noches estudiando el cielo de noche, como toda astrónoma hacía. Hablaron con Alicia que se los confirmó. La posición de las estrellas no eran las mismas. Entonces le explicó que ese mundo, era uno a dónde había huido un grupo de Mayas para prosperar y salvarse del colapso de su civilización, expandiéndose sin descanso por todo el centro y norte de lo que Ortiz conocía como Sudamérica.

― Pero no pensaron que los Úukum Soots y otras criaturas vivían aquí ―terminó Alicia― están en guerra con ellos y otras criaturas y facciones.

Luego de tres semanas, durante las cuales Ortiz intentó aprender el idioma nativo con más fluidez sin más éxito que generar confusiones cómicas y que tomaron registro de todo lo que les permitieron, los escoltaron de regreso a la puerta, a la cual comenzó a llamar “Puerta de la percepción”, porque cambiaba la forma en que mirabas el mundo.

Al llegar, Ortiz revisó tener sus notas y dibujos, el teléfono se había arruinado al llegar a ese mundo. Un chillido llamó su atención. La cabeza de uno de los escoltas saltó volando por los aires. Detrás de él apareció uno de esos Úukum Soots.

― ¡Corred! ―gritó Alicia mientras se disponía a luchar.

Ortiz tomó de la mano de la doctora Sturtz, y ambos corrieron hacían el portal.

Al regresar a su mundo, se dieron vuelta para asegurarse que no los habían seguido.

Pero la muralla ya no estaba; dejando solo una selva profunda, un antropólogo y una astrónoma que volvían de la exploración de sus vidas.

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