Asatur, vástago de Yog-Sothoth de Sebastián de Zaldua

Asatur, vástago de Yog-Sothoth de Sebastián de Zaldua

The_Yellow_Sign

El Doctor en Historia Maximiliano Aguilar, profesor de la Universidad de Córdoba, había conseguido un permiso y un pequeño financiamiento para su investigación. Aunque tuvo que mentir sobre el motivo real, la Universidad estuvo dispuesta a apoyarlo con la condición de que cualquier resultado lo compartiera con ellos.

Partió una noche de Noviembre hacia Arkham, llegando un día de mucho frío. Pues en aquellas tierras el invierno tomaba allí sus vacaciones de verano. Tomó un taxi hasta el hotel, tratando de articular su precario inglés.

Al día siguiente se entrevistaría con uno de los profesores de la universidad de Miskatonic, el tres veces doctor John Williamson, nieto de uno de los destacados profesores de aquel instituto en los oscuros años veinte, cuando aquella peste inexplicable casi acaba con la ciudad y la universidad.

Sabía que la biblioteca de la universidad alberga numerosos libros Arcanos, entre ellos un ejemplar del Necronomicón, grimorio de origen árabe y según los mitos, encuadernado en piel humana.

En Argentina, nadie creía en aquellas historias que llegaban a través de cuentos y novelas contadas por lo que llamaron el Círculo Lovecraft. Para él la premisa era simple: Demostrar la existencia del Necronomicón y la veracidad de las historias contadas por aquellos hombres. De esta manera estaba convencido de poder demostrar que también existía un ejemplar de ese libro maldito guardado en la biblioteca nacional en Buenos Aires y que habría sido la causa de la ceguera de Jorge Luis Borges. Si podía documental el original, nadie podía negarle la ayuda y recursos que necesitaba para buscar aquella copia en Buenos Aires.

Una vez en la habitación del pequeño hotel, ubicado entre Pickman Street y French Hill Street, desplegó sobre la cama sus apuntes, sus libros y colocó en la pared una gran tela color papiro donde figuraban los detalles de su investigación. Sentía la necesidad de repasar todos los detalles para que no se le escapara nada. Era una oportunidad única, anhelada desde hacía mucho tiempo y planificada al detalle.

La lluvia comenzó a caer acompañada de truenos y relámpagos. Se acercó a la ventana para contemplar de cerca aquel clima de Nueva Inglaterra, que tantas veces había leído en las historias de Lovecraft. Daba gracias por no haber tenido que viajar a Innsmouth y terminar con la cabeza en forma de pescado o adorando la locura ante un Dios Primigenio en algún rincón del bosque.

Regresó hasta la cama, repasó una vez más los datos que tenía y acomodó todo de nuevo en su mochila de viaje. Miró alrededor y admiró una vez más la sencillez de la habitación.

— ¿Austeridad de Nueva Inglaterra o son muy ratas?

Estaba por apagar las luces, cuando la habitación sonó como si las maderas se desperezaran. Durante un segundo aguardó por algo más que no llegó.

Volvió la vista y se percató que junto al interruptor de luz, había un símbolo de color amarillo dorado. Un punto central del cual salían tres muescas y tres líneas, una como una garra, otra como un signo de pregunta y la última como una cola cuya punta se pliega sobre sí misma. ¿Estaba ahí antes?

— Pará —dijo y las maderas chillaron de nuevo— Esto me parece que lo vi antes en alguna parte.

Buscó su mochila y sacó un viejo cuaderno de cuero. Revisó página tras página de notas hasta que encontró lo que buscaba. Era el Signo Amarillo, un talismán maldito ideado por Robert William Chambers, amigo de Lovecraft, llamado por éste “El Titán Caído”.

Era la primera prueba que necesitaba. Tocó el símbolo y supo la verdad oculta tras el destino de aquellos hombres, relacionados con un ser que aparecía una y otra vez entre escritos y menciones: Asatur, vástago de Yog-Sothoth.

— Todos fueron sus víctimas —balbuceó, recordando el destino incierto de Ambrose Bierce, el infarto de miocardio de August Derleth,  el retiro sin explicación de Robert William Chambers del horror cósmico y su muerte a partir de una complicación intestinal y la triste vida y la larga y enfermiza muerte de Lovecraft.

Comprendió que aquellos hombres habían sido castigados por alguna entidad que habían revelado al mundo. Quizás aquella era la única forma de defenderse y defender nuestro mundo. Pero a medida que iban cayendo, Maximiliano comprendió que se hacían cada vez más débiles. Después de todo, solo eran humanos ante el horror cósmico.

Tres golpes fuertes a la puerta. Dio un salto, como atrapado en falta. La entrada de madera, que Maximiliano había cerrado con llave al ingresar a la habitación, se abrió sola, despacio. En el umbral vio una figura humanoide cuya cabeza rozaba el marco superior.

— I´m The Mask, servant of The King in Yellow —dijo aquel ser vestido con una túnica amarilla casi dorada y una máscara tan blanca como la palidez del miedo mismo— Please, follow me.

Maximiliano no quería hacerlo. Pero su cuerpo había quedado atrapado por el miedo más primigenio ante la presencia de aquel ser. Sabía que no importaba lo que intentara, una voluntad mayor se impondría. Se dejó guiar por ese ser de Máscara Pálida, que portaba un báculo en su mano izquierda.

En las calles no se veía un alma. Pickman Satreet estaba tan desolada como el corazón de un hombre ante la inmensidad del cosmos. La lluvia había cesado y se sentía una atmósfera pesada, húmeda, como si todo tratara de aplastarlo. La neblinosa oscuridad parecía contener manos y tentáculos y otras indescriptibles monstruosidades, tentadas en atraparlo.

Le dolía la cabeza, le picaban las manos y el pecho le pesaba.

Caminaron por West St. pasando por uno de los costados de la Universidad de Miskatonic y una voz, que no era la propia, que parecía venir desde algún punto en Church St., le rememoró el ataque de aquella deformidad sucedida hacía tantos años, relatada por Lovecraft en “El Horror de Dunwich”. Le pareció verla merodear entre la niebla.

Ya no podía pensar con claridad, sus recuerdos se mezclaban con su inflamada imaginación. Supo que se estaba volviendo loco, que estaba perdiendo el contacto con la realidad.

Después de bajar por Boundary Street, habían dejado Ayslubury Street y tarde se dio cuenta de que estaban cerca de las vías del tren de Arkham, que conectaba a la ciudad con Boston y más allá. Sabía que a pocos metros estaba el cementerio y la famosa colina del centinela. Tuvo la sensación de que sus articulaciones se endurecían, impidiéndole moverse. La soledad del lugar no le parecía algo de este mundo.

— Up to here, I will accompany you —dijo Máscara Pálida— Go down the ladder, human. And you will meet the one you’ve been searching for.

Al bajar la mirada, vio una entrada ante sus pies, apenas iluminada con un par de gruesas velas, antesala a unas escaleras que conducían a las entrañas de la oscuridad. No supo decir si aquello había estado todo el tiempo allí o si era una aparición exclusiva por su visita.

Al regresar la vista, su guía había desaparecido.

Llevado por una fuerza indescriptible para su propia humanidad, comenzó a bajar. Descendió, descendió y descendió, solo acompañado de horrores que torturaban la cordura, con miedos que se adherían a su piel, hasta llegar a la presencia del Rey de Amarillo, aquel que hasta el mismo Lovecraft apenas se atrevió a mencionar. Asatur, el vástago de Yog-Sothoth, medio hermano de Cthulhu, el asesino de escritores.

Días después, el Arkham Advertiser, daría la noticia en primera plana que habían encontrado a un Argentino deambulando por las calles, escapando desesperado de todo aquel que se le acercara, repitiendo una palabra, un nombre.

— Asatur… Asatur… Asatur.

 

Nota

Mapa de Arkham usado para este cuento Click aquí.

 

Nota del escritor y publicador:

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